Las organizaciones invierten millones en “transformaciones” (ágil, digital, AI…). Contratan consultoras, lanzan programas de innovación, implementan herramientas. Rediseñan procesos, sistemas y estructuras. Pero mantienen intacto el sistema que más influye en la cultura: el sistema de personas.
Ahí vive la contradicción silenciosa. No hay transformación sostenible si el área responsable de la cultura no se transforma primero. Y sin embargo, las transformaciones organizacionales —ágiles, digitales, AI-First— suelen tratarse como conocimiento de nicho, como si fueran especialidades externas que HR debe “apoyar”, pero no necesariamente comprender en profundidad ni rediseñar desde su núcleo.
Se institucionaliza el lenguaje. No el sistema. La pregunta incómoda es inevitable:
¿puede una organización
transformarse a algo más dinámico
si su sistema de personas sigue diseñado
para estabilidad industrial?
El reto: HR como arquitecto cultural
Durante décadas, HR fue administrador de políticas, custodio de procesos y garante de cumplimiento. Ese rol fue necesario. Pero hoy es insuficiente.
Si la estrategia habla de adaptabilidad, aprendizaje continuo y autonomía distribuida, el área que define cómo se evalúa, cómo se recompensa, cómo se promueve y cómo se desarrolla a las personas no puede permanecer operando bajo paradigmas diseñados para el control y la jerarquía.
Las transformaciones están fracasando no por falta de marcos metodológicos, sino porque el sistema de incentivos, de carrera y de evaluación sigue premiando lo opuesto a lo que se declara.
HR no puede seguir siendo espectador de la transformación. Debe convertirse en su arquitecto humano.
De evaluador a desarrollador
En muchas organizaciones, la experiencia central que define la relación entre la persona y la empresa sigue siendo la evaluación anual de desempeño. Una conversación que clasifica, compara y determina incrementos.
Ese modelo fue coherente con un mundo estable, donde el progreso era lineal y la productividad predecible. Pero en entornos complejos, el valor no surge de cumplir tareas asignadas, sino de aprender, colaborar e integrar conocimiento.
El rol de HR necesita mutar. De evaluador a desarrollador. De certificador a acompañador.
Desarrollar personas implica algo más profundo que gestionar talento. Significa cultivar capacidades, incluso si el crecimiento de alguien eventualmente lo lleva fuera de la organización. Paradójicamente, es esa lógica la que fortalece la cultura y eleva el estándar interno.
En la era de la inteligencia artificial, el activo más escaso no será la tecnología. Será la capacidad de desarrollar criterio humano.
El giro estructural: desmontando la obsesión por el ascenso
Uno de los pilares invisibles del sistema actual es la equivalencia entre crecimiento y jerarquía. Más responsabilidad implica más personas a cargo, más presupuesto y más estatus. El ascenso vertical se convierte en el símbolo casi exclusivo de progreso.
Sin embargo, esta lógica concentra poder, promueve excelentes técnicos a roles que no necesariamente desean o dominan y genera competencia interna por posiciones limitadas.
Desde hace años, pensadores como Dave Ulrich han planteado la necesidad de repensar las trayectorias profesionales más allá de la escalera tradicional. El concepto de “Career Mosaic” apunta justamente a eso: carreras construidas como combinaciones dinámicas de experiencias, capacidades y contribuciones, no como una secuencia rígida de peldaños.
El crecimiento vertical seguirá existiendo. Pero dejará de ser el único símbolo de éxito. El impacto transversal, la integración de capacidades, la mentoría, la contribución sistémica y la profundidad técnica necesitan ganar estatus organizacional.
La pregunta estratégica para cualquier comité ejecutivo es directa: ¿su organización está premiando ampliación de impacto o ampliación de poder?
En entornos donde la coordinación jerárquica será crecientemente asistida por tecnología, el crecimiento horizontal —la capacidad de conectar disciplinas, traducir complejidad y aprender rápidamente— se vuelve diferencial.
Rediseñar carreras no es un gesto cultural. Es arquitectura organizacional.
Motivación: cuando los incentivos sabotean la colaboración
Muchas empresas declaran querer colaboración, pero mantienen sistemas de bonos individuales que incentivan competencia interna y protección del conocimiento.
La cultura no se declara. Se diseña a través de incentivos.
Existen organizaciones que han entendido que la autonomía responsable genera impacto real. Richard Branson suele decir que si cuidas a tus empleados, ellos cuidarán a tus clientes. Pero esa frase solo cobra sentido cuando el sistema permite actuar.
Hemos visto modelos donde los colaboradores, con márgenes claros de libertad y presupuestos acotados, pueden tomar decisiones que mejoran la experiencia del cliente en tiempo real. No es romanticismo. Es diseño consciente de confianza y responsabilidad.
Reconocimiento entre pares, visibilidad a contribuciones transversales y recompensas alineadas con outcomes colectivos no son modas. Son coherencia estratégica.
Employee Experience como sistema real y verdaderamente útil
En los últimos años, el concepto de Employee Experience ha ganado protagonismo, impulsado por investigaciones de firmas como Gartner y McKinsey. El mensaje es simple: si diseñamos cuidadosamente la experiencia del cliente, deberíamos diseñar con igual intención la experiencia del empleado.
Pero diseñar experiencia no es ofrecer beneficios atractivos o espacios de trabajo modernos. Es diseñar el journey completo: onboarding, feedback, aprendizaje, conflicto, movilidad y cierre de ciclos.
Incluso modelos clásicos como el de Bruce Tuckman, con sus etapas de formación y maduración de equipos, pueden leerse desde esta perspectiva. HR tiene la capacidad de diseñar sistemas que reduzcan el tiempo que los equipos pasan en incertidumbre y conflicto improductivo, acelerando su tránsito hacia alto desempeño.
La verdadera agilidad no se implementa en equipos. Se diseña en el sistema de personas.
Solo entonces, la era AI
Muchas organizaciones aspiran a ser AI-First. Automatizan procesos, integran herramientas generativas y redefinen flujos operativos.
Pero si las carreras siguen siendo rígidas, la motivación sigue siendo individualista, el feedback sigue siendo anual y el aprendizaje no es infraestructura, la inteligencia artificial no resolverá esas tensiones. Las amplificará.
Aquí emerge una evolución natural del rol de HR: el eXDev, el Employee Experience Developer. Un diseñador de sistemas humanos, apoyado por analítica avanzada y herramientas de IA, capaz de identificar fricciones culturales, mapear habilidades dinámicamente y diseñar trayectorias adaptativas.
La pregunta ya no es si HR participará en la agenda AI. La pregunta es si estará preparado para liderarla.
¿Te resuena algo de lo compartido?
La próxima gran transformación no es digital. Es el rediseño del sistema que define cómo crecen, colaboran y deciden las personas dentro de la organización.
Es imposible abordar en un solo post todo lo que implica repensar el sistema humano en la era de la inteligencia artificial. Cultura, incentivos, trayectorias profesionales, liderazgo, arquitectura organizacional, experiencia del empleado: cada uno de estos temas merece profundidad propia. La intención aquí no ha sido agotar la conversación, sino abrirla. Mostrar algunas de las dimensiones que suelen quedar fuera cuando se habla de AI-First, pero que en realidad la condicionan.
En itera acompañamos a equipos de producto y equipos ejecutivos a alinear sistemas de decisión, modelos de liderazgo y arquitectura de personas con los desafíos reales de la agilidad y la inteligencia artificial. No como proyectos aislados de recursos humanos, sino como rediseño integral del operating model.
Porque, en última instancia, ninguna estrategia supera al sistema humano que la ejecuta. Y ese sistema comienza —o se redefine— en HR.
Si la pregunta sigue abierta, conversemos. La exploración apenas empieza.


